HAY SANGRE EN LA ARENA Y NO ES DEL TORERO

Hace dos años la Corte Constitucional pidió un plazo de dos años para legislar sobre la continuidad o no de las corridas de toros en territorio nacional.  Ahora la misma Corte asegura que había desconocido el precedente jurisprudencial que establece que las corridas de toros en los municipios es considerada una práctica de arraigo cultural.

También asegura la Corte Constitucional que la decisión de prohibir las corridas de toros es una decisión que debe tomar el Congreso de la República.

Pero acontece que el fallo del 2017 había tumbado el artículo quinto de la Ley 1774 –expedida por el Congreso en el 2016–, que EXCLUYÓ a las corridas de toros, el rejoneo, las novilladas, el coleo, las corralejas y las peleas de gallos de las conductas que constituyen hechos de violencia contra los animales, y que son penalizadas con cárcel de 12 a 36 meses.

En otras palabras, regresamos al 2017 cuando, gracias a esta Ley 1774, permite estos eventos de maltrato animal, mientras se protege de manera descarada que es un Arraigo Cultural, que debe protegerse.

Ahora la Corte Constitucional deberá responder porque después de dos años cambió de parecer. Mientras tanto las plazas de toros seguirán abriendo las puertas a un público, en su mayoría exhibicionista, que vestirán de fiesta brava para ver correr la sangre del toro en la arena.

Mientras en todo el mundo las campañas animalistas buscan crear consciencia en la población para abandonar todo tipo de maltrato animal, en Colombia la Corte Constitucional evade de manera inteligente la problemática y le hace pase de muleta al Congreso para que entre a dar la estocada final, complaciendo así a muchos congresistas y personajes de alto linaje en nuestro país, que disfrutan de este evento, al que ya muchos le sacan el “rabo”, dejando las plazas de toros a medio llenar con vejetes acompañados de exuberantes cuerpos reformados con plástico, que poco o nada saben de tauromaquia, pero que los hace ver como una élite distinguida, culta y pudiente.

Así es nuestra Colombia, dispersa, embobada y atembada.

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